Las vacaciones de Triskele

Posted in Uncategorized on September 24, 2011 by trespatas

¿Guau? ¿Guau guau guau?

¿Humanos? ¿Hay alguien ahí?

En estos meses de ausencia he aprendido un poco a escribir humano, aunque sigo necesitando el conversor automático ladridos-humano.  Sé decir más o menos “friskis” (friiiiuskis), parque (paaauuuurrrke), caca (graaaaaorca), pero por lo demás sigo utilizando mi técnica infalible de gemir para todo, que es como el lenguaje de signos de mi raza. Yo no pienso cambiar, que parece que funciona.

Pero no vengo sólo a hablaros de mis habilidades lingüísticas avanzadas, no, sino a contaros que hace mucho tiempo, mucho, no sabría decir cuánto en tiempo de perro (años, siglos, sacos de pienso puestos en fila hasta donde la vista de un galgo no alcanza, seguro) me fui de vacaciones. Ese es otro concepto que he aprendido de la cultura humana: vacaciones (graoourciouniiius). El concepto consiste en que te meten en el invento infernal que rueda más rápido que una manada de galgos y te sueltan donde el Gran Can les dicta. Y eso es muuuucho invento infernal. Yo no entiendo por qué lo llaman vacaciones (graoourciouniiius) cuando resulta que no hay sofás, te pasas el día que si huele esta hierba, huele esta caca, oh cánido mío qué trufas es eso tan grande, y ahora corre, ahora salta, ahora súbete al invento infernal que rueda. De dormir 16 horas diarias pasé a dormir sólo 10, y eso al final el cutis lo nota. ¿Habéis visto que me han salido más canas? Bueno, no lo habéis visto porque no os he puesto mis perrunotipos hace mucho, pero ya veréis ya, qué de canas tengo. Normal. De la vida que me dan. Al principio no es que me gustara mucho aquello, me noté como raro, y, lo más terrorífico es que varias veces salía algo amargo y amarillo de la comida: estaba en el trozo de tortilla, en el trozo de salchicha… ¿Por qué? Sea como fuere, a veces me entraba la modorra y me quedaba agalgunao en el coche y no todo era tan horrible. Pero, ay, esos momentos de tensión de no saber a dónde vas. Eso sí, a mí me da igual que nos quedemos a vivir en el invento infernal que se mueve si mis amitos están conmigo.

¿Y a esto lo llaman vacaciones?

 

Además, en esas vacaciones he visto algo que no creeríais. A ver si me podéis explicar vosotros qué trufas es eso. Es como un charco, pero mucho más grande. Pero no huele a charco. Y el charco, bueno, se mueve. El charco se mueve, adelante y atrás, y como te descuides te moja. ¿Lo entendéis? ¿No? Pues yo tampoco.

¿Qué es ese charco tan grande? No lo entiendo.

 

El caso es que hace mucho tiempo de perro mis amitos decidieron que era momento de ampliar el territorio y que la manada tenía que viajar unida. En realidad el territorio es de la manada de papi, perdón, del amito (yo solo le llamo papi en la intimidad), que vive en algún sitio llamado Galicia (groooarluciiiau). Eso es… muy lejos. Más allá de eso no hay nada, el fin del mundo de los perros por lo menos. Es un viaje muy peligroso, pero yo soy un pero fiero y valiente y no le temo a nada. Solo a las vacas, los caballos, los charcos que se mueven, el invento infernal, los pastores alemanes y los niños que corren, pero a nada más. Bueno, sí, a las cosas que pinchan y los fuegos artificiales, pero a nada más. El caso es que soy un perro valiente y hermoso que no le tiene miedo a explorar el fin del mundo de los perros y allá que acompañé a mi manada. Eso sí, habría sido todo mucho más fácil si nos hubiéramos llevado el sofá. A mí la vida de nómada no es que me entusiasme, pero un sofá es calidad de nómada. A ver si podéis convencer a los humanos para que la próxima vez nos lo llevemos. Seguro que podemos hacer que lo lleve el invento infernal, que yo he visto que ahí dentro caben muchas cosas. Voy a montar la plataforma de perrulis por la urbanización de la naturaleza.

No es que sea incómodo, pero donde estén unos buenos cojines...

Otra cosa que me sorprende de las vacaciones es que ellos siempre encuentran comida. Nos levantamos y tienen comida. Se sientan en algún sitio de la calle y les ponen comida. No os lo vais a creer, pero hay veces que estamos aquí en la guarida, suena un ding dong y viene otro humano que trae comida. Pues allí también. Se sientan en un sitio de la calle y les ponen comida. ¿Que cogemos el coche infernal y viajamos más lejos que el pis? No importa, me tienen comida preparada. Y nunca les veo cazar. ¿Cómo lo hacen? Yo no me lo explico. Entran en sitios extraños y salen con comida. Comida todo el rato. Me está entrando hambre sólo de pensarlo…

Pero volvamos a la manada del amito. Allí conocí a una perrita de pueblo estupenda. Cómo son las perritas de pueblo, se las saben todas. Un poco ligeras de patas, también lo digo. Ella me cogía y me decía: ven conmigo, que te voy a enseñar los mejores rincones de aquí. “¿Qué pasa, tienes miedo, perrito de ciudad?”, me decía, y luego me daba un nalgazo con los cuartos traseros. Así juegan las perritas de pueblo. Y a ella no le daba miedo mojarse en los charcos profundos que van y vienen, no, ¡ella se metía de lleno! Vamos a ver, no es que a mí me dieran miedo, esto tengo que aclararlo, es que no me gusta mojarme las patas porque se me pone el pelo feo. Eso es, nada más. El caso es que esta perrita (¿cómo se llamaba…? ¿Penca? ¿Venga? ¿Yenga?) me enseñó los matorrales de la playa y corrió a mi lado arena arriba, arena abajo. Y me enseñó La Furgoneta del Patio con el Saco de Pienso Abierto. En los pueblos sí que saben vivir, no como en la ciudad, los señoritos: que si “Triskele, sit”, “Triskele, quieto”, “muy bien, a comer”. Con tanta norma nos están amanerando, os lo digo yo.

He ido donde ningún perro ha estado antes, humanos

Conocí a otros perros muy machos de pueblo y fuimos juntos a sitios donde también había charcos muy grandes que se movían, pero estos olían distintos. Como menos a pescado y mucho más fríos. Yo soy más de pescado, pero aquellos lugares también tenían su encanto. El mundo, humanos, es un lugar extraño. Los perros machos de pueblo iban y venían, como machos que son: que si a ver si puedo cazar esta gacela, que si a ver si me traigo un oso. A mí me encanta ser omega porque sólo tienes que ponerte panza arriba y abrir un poco las patas y te dejan en paz, libre de responsabilidades. A vivir, perrito, que son dos días (mucho más en tiempo de perro, claro). Pero muy majos esos perrotes de pueblo, muy sanotes.

Ah, y los friskis (friiiiuskis) allí saben mejor.

Yo, a todo esto, no tenía ni idea de qué eran unas vacaciones. Cuando cogimos el invento infernal y aquello empezó a correr, a correr y correr pensé que nos estábamos cambiando de guarida. “Pues bueno”, pensaba, “mientras en la nueva guarida también haya friskis, que sea lo que el Gran Can quiera”. Pero no, volvimos y la guarida estaba como antes. Yo me abracé al sofá con lágrimas en los ojos y mocos en la trufa, qué felicidad volver a vernos.

"A ver... esto es como el charco aquel, pero no es el mismo charco..." Triskele, XXII d.C.

(Continuará…)

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La primavera, el amor…

Posted in Seducción on April 16, 2011 by trespatas

La primavera, la sangre altera. Es un dicho humano, por lo visto, pero nada que nosotros los perros de buena educación ya supiéramos. Así estoy yo desde que conocí a Kyara, una perra jamona encantadora de pelo brillante y suave como el pis de la mañana. No sé qué me ha dado esa perrita, que me tiene loco. La echo de menos cuando no está, me lamo el pene entre suspiros esperando su llegada. ¿Es que no ve lo que sufro por montarla por su amor? Yo, que la llevo a lo oscurito para compartir con ella el secreto de las cacas humanas escondidas. Yo, que hago la danza india del amor solo por ella. Yo, que hago el salmonete cuando la veo. No nos interesan las mismas cosas: ella se vuelve loca por una pelota y yo no entiendo qué hay de divertido en correr detrás de algo que ni huele a pollo ni salta como un conejo. ¿Qué tiene esa pelota que no tenga yo? Ay, ingrata, cuánto me haces padecer. Pero no importa, yo seguiré siéndote fiel a ti y a las que son como tú.

Prometí contaros mi técnica del amor, después de que probarais mi técnica del depredador. ¿Acaso no es lo mismo?, os preguntáis, humanos. No, os digo. Hace falta mucha más dedicación para conquistar una perrita que para cazar una galleta. Qué escurridizas son y cómo se mueven, las jodías.

En primer lugar, hay que demostrar que nos volvemos locos por ellas. Les gusta verlo. Mover el rabo y dar saltitos es como ofrecerles un ramo de galletas. Luego las invitamos a salir. Para ello, yo uso la técnica del terodáctilo: lanza el mordisco y esconde la pata. Son mordiscos suaves, delicados, en las orejitas (son el punto débil de las perritas) con la boquita de piñón. Después hay que demostrar que somos muy machos, tengamos o no tengamos testículos. Aquí yo pongo en posición mis poderosas nalgas y abro bien el ojete para que mi olor de perro se propague por el campo y ella, al olerlo, caiga rendida a mis pies. Si no lo hace, no importa, continuamos con el acoso y derribo. Un lametón por detrás y cuando se distraiga, ¡zasca!, un mordisquito por delante. Así varias veces hasta que entre en el juego de los preliminares. Es algo que he aprendido de las perritas, que prefieren un poco de juego antes de pasar a mayores, porque yo antes iba ya con el sable por delante, a ver si caía.

A veces se cansan y se tumban en la hierba con ese gesto de indiferencia que ponen a veces las perras (aunque yo sé que con la trufa pueden decir que no, pero en realidad con el rabo dicen que sí). Por eso hay que hacer el ritual indio del amor del Gran Can. El ritual indio del amor es un rito ancestral que muy pocos perros conocemos, y consiste en dar saltos a su alrededor con la pata del deseo levantada y girar en círculos en torno a la amada, moviendo el cuerpo a golpe de espasmo, poseídos por el Gran Can. Vamos dándole mordisquitos en sus nalgas, en sus patas, lametones en la oreja, metiendo en hocico bajo su culete. A veces es conveniente añadir unos ladridos al ritual, para potenciar la fuerza del hechizo. Así hasta que la perra caiga rendida a nuestros pies y nos muestre panza arriba lo que tiene escondido. Si no, no pasa nada. No desesperéis. Podéis tumbaros a su lado y conversar, que se vea que sois un perro del Renacimiento capaz de conversar: “anda, ¿qué comes?, ¿hierba? ¡Qué bien! Nos interesan las mismas cosas” y comer lo que ella coma para que vea que somos sinceros. Si todo va bien, podremos correr a su lado y quién sabe si llegar a segunda fase.

Como todo es mejor con un vídeo explicativo, aquí me tenéis impartiendo mi clase magistral de seducción. Tomad nota.

Aquí me veis seduciendo a la perra con mis mordisquitos de terodáctilo y demostrando que soy ágil como un ninja. Para que piense: “si se mueve así jugando, ¿cómo será en la cama?”.  Me empleo a tope.

Aquí me veis practicando la danza india del Gran Can en todo su esplendor. Ella pierde un poco de interés al final, pero no importa. Sed perseverantes porque les gusta hacerse las duras y hay que estar ahí, a su lado, demostrando nuestro compromiso.

Y aquí por fin pude consumar… Bueno, consumar no, yo creo que no monté más que su pierna, pero no importa. Hay que demostrar que podemos vivir sin meterla y que sabemos esperar el momento oportuno.

Espero que os hayan servido de algo estas elaboradas técnicas de seducción perruna. Ya os iré informando de los avances, pero contadme vosotros qué tal os han ido, si es que las ponéis en práctica.

¿Vida de perro? ¡Ja!

Posted in Uncategorized on April 14, 2011 by trespatas

Pues sí, os preguntaréis qué ha sido de mi vida durante este tiempo en el que no he escrito nada en absoluto. Es normal, soy un perro guapo que crea adicción. Tranquilos, pequeños humanos. Vengo con noticias frescas y actualizaciones recién pescadas para saciar vuestra natural curiosidad hacia mi perruna persona.

Vivo como un rey, pero eso ya lo sabíais. Pararon las agujas horribles que se clavaban en mi piel por sorpresa y las visitas diarias al veterinario (mis humanos son unos pusilánimes y no se atrevían ellos a darme la puñalada… en fin). Y ha llegado el buen tiempo, el de los largos paseos matutinos, las eternas siestas vespertinas y el agradable montar de mi encoñamiento nocturno: Kyara, la perra que me pone palote. Si ya os hablé de mi técnica como depredador, os tengo que hablar de mi técnica como semental, única en el parque.  Pero eso será en otra ocasión.

Con la adiestreitor tampoco van mal las cosas, aunque le he cogido ojeriza porque la muy humana va y me quita las salchichas de golpe. Así como así. Como vinieron se fueron. Me parece indignante. Ahora va y dice que me tienen que exigir las cosas, que como ya sé sentarme, hacer el junto y acudir a la llamada (y no de la naturaleza, no, que esa ya la sabía) eso no se premia. Que se premian las cosas nuevas. Como la humana alfa resulta ser de lo más ladina, ha dicho que me va a enseñar a dar la pata. Sí, sí, no os riáis. Si Boomer da las dos patas a la vez en posición sentado, yo también puedo ponerme rampante. Ya veréis, ya. De esta me veo subido en un taburete haciendo la cabra. Están locos estos humanos.

El coche infernal sigue sin gustarme nada, pero al menos vamos a sitios apropiados para perros de mi linaje. El Parque de Juan Carlos I, me dicen que se llama, donde van muchos perros y hay objetos de tortura para perros. Que si salta, que si gira, que si haz esto y lo otro. Pero ¿qué se creen que somos? ¿Sus lacayos? Oish, qué pesados. (Triskele, te noto un poco hostil. Calla, humana; esto no es hostilidad, es ponerme en mi sitio. Mira que te quito media razón de frisquis. Tú mandas, oh humana que todo lo puedes. Así está mejor). Fue divertido. Salté unos troncos de seis metros por lo menos (Triskel, eran diez centímetros. Diez centímetros para ti, para mí fueron como seis metros) y me llevaba un trocito de salchicha cada vez. La adiestreitor nada tenía que decir al respecto. Y también hice unos giros estupendos, porque yo soy ágil como el junco en la orilla y tengo un movimiento de cadera que ni la Shakira. Yo creo que si me pongo casi puedo aprender a volar. Soy un dios.

Aquí yo saltando un tronco de seis metros gracias a mis poderes sobrehumanos

Es un sitio majo ese parque. Conoces perros y luego puedes tumbarte al fresco para descansar de las carreritas. Después de hacer un poco de esfuerzo no hay nada como tumbarse sobre la hierba húmeda y lamerte un poco el pene, que te lo has ganado.

Soy yo y estoy allí, aunque parezca que me han pegado con Photoshop

Y el domingo me llevaron al Refugio, donde me había pasado un añito haciéndome un hombre. La verdad es que, además de hacer comida mágica (de repente me pongo malo, malo y, como si fuera un exorcismo, ¡zas!, de repente sale comida por mi boca. La pera), estuve mosca todo el tiempo porque ya pensaba que me iban a devolver o algo. Así que me pasé toda la mañana pegadito a ellos y gimoteando, a ver si se ablandaban y se apiadaban de mí. Parece que funcionó, porque aquí sigo, a cuerpo de rey. Luego me enteré de que lo único que querían era que viera a mis amigüitos de allí, pero manda trufas. Allí doliente estaba yo, sufriendo como ningún perro ha sufrido jamás, mientras ellos veían a otros perros con esos ojos que tendrían que ser sólo para mí.

Mi mirada de odio lo dice todo: el invento infernal no me gusta

(¿Parecidos razonables?)

Las cosas están como tienen que estar, los tres patas juntos.

Todos para una y una para todos

 

Y ahora, si me disculpáis, os tengo que dejar, que dentro de poco llegará la adiestreitor y después me espera esa perrita guapa a la que espero conquistar con mi movimiento de cadera.

¿La leishmania qué es? ¿Algún tipo de guiso con pollo?

Posted in Leishmania on March 6, 2011 by trespatas

Buenos días, humanos.

Hace tiempo que no os hablo, pero la culpa no es mía, es de estos humanos a los que llaman dueños, que no me han dejado el convertidor de idiomas en un tiempo. Y es que últimamente pasan cosas raras. Porque yo sé que me quieren y no me desean ningún mal, que si no les iba a morder los huevetes.

El caso es que, de un tiempo a esta parte, me pinchan todos los días. Yo no entiendo nada, ¡si estoy perfectamente! Sigo siendo igual de apuesto e igual de grácil que siempre, y además sé bailar el «Thriller» de Michael Jackson con la patita delantera. Todo empezó ya hace unas semanas, en una vista al veterinario, donde, ¡zas!, me cogieron desprevenido y me enchufaron una aguja en el cuello. Yo grité un poco, pero no porque sea medio hombre (bueno, medio perro, pero para que me entendáis) sino porque me pillaron a traición. Al día siguiente me volvieron a acorralar, esta vez el amito me pilló por detrás y, en vez de montarme, que se lo habría permitido con resignación de perro omega, va y me clava una aguja temblorosa. Qué cerdo, el tío. Al día siguiente, en el sofá, la amita me sujeta la cabeza, el amito se pone a mi lado a disimular (¿se creen que soy tonto? Yo ya me estaba oliendo algo, pero me quedo quieto como una roca a ver si así creen que ya no estoy) y, ¡zasca!, una aguja que intenta entrar. Pero ¿qué les ha dado a estos humanos con las agujas? ¡Esto no estaba en el contrato! Y así varias veces; cada vez que me relajaba, una aguja intentaba entrar en el pellejo. Yo me revolví un poco, gañí y solté mis más sentidos gemiditos. Dejaron de torturarme un par de días.

No pincharíais a este perro, ¿a que no? Languidezco en mi sofá.

Desde entonces toca visita diaria al veterinario. Me enseñan la correa, yo bajo muy contento a la calle, les dedico unos pises (últimamente, después de unos escapes involuntarios de pis, a veces me dan un trocito de salchicha cuando echo un buen chorro en la calle; así me gusta, que me enseñen cosas que ya sé hacer, adiestreitors a mí, ¡ja!) y cuando creía que íbamos al parque, ¡hala, la veterinaria! Da igual que les ponga la cabecita en las piernas con esta mirada mía de «tú no me pincharías, ¿verdad? Soy un perro bueno, yo confío en ti». En fin. Después del pinchazo me dan un palito, y yo lo cojo como haciéndoles un favor, ¡a ver si se creen que me pueden sobornar con un palito marrón! Si fuera estofado de pollo podríamos empezar a negociar, pero un palito marrón… ¿Por quién me toman? ¿Así se trata a la nobleza?

Sin embargo, estos días me estoy comportando como si todavía tuviera las pelotitas y sólo digo «¡iii!», con tres íes nada más. Si es la nueva rutina que hay que adoptar para seguir en esta casa, pues nada, es un pinchacito y luego pises y cacas y más pises. Eso sí, yo creo que me están metiendo algo en la comida también. Ya os digo, se comportan un poco raro estos humanos, no entiendo nada.

Sigo sin entender por qué me pinchan, ¡si yo me siento como un cachorro de bien! Bueno, tengo un poquito más de caspa de lo normal, ¡pero nada más! Y eso forma parte de mi encanto bohemio. Pero ya os decía que yo sé que estos me quieren y no me desean mal, así que pues nada, aceptamos pinchacito va como nueva rutina familiar.

«Triskele, es que te han detectado Leishmania.» «¿Guau, guau, guau?»

En fin, humanos. Así es mi día a día, lleno de horror y destrucción. Menos mal que me queda mi sofá, que nunca me abandona (tengo ansiedad por separación del sofá, un caso agudo) y que mis amitos me dejan apretujarme junto a ellos; me encanta hacerlo, especialmente cuando están trabajando con el ordenador.

Que el estofado de pollo esté siempre con vosotros.

Siempre vuestro,

Triskele, el tres veces grande.

La adiestreitor, vol. I

Posted in Adiestreitor on February 19, 2011 by trespatas

Pues sí, humanos. Resulta que aquí a mis humanos se les ha ocurrido que necesito una adiestreitor, esa fuerza de la naturaleza capaz de hacerme comer con tenedor. Pero ¿por qué? ¿Acaso no tengo las maneras de una señorita victoriana? ¿Acaso no camino con la gracia y el garbo de un caballo andaluz? ¿Es que no me siento con la elegancia de Lord Byron, cojo también él? No lo entiendo. Y todo porque, de vez en cuando, me gusta seguir conejos hasta donde las luces brillantes de las máquinas infernales que se mueven.

Mirad, mirad qué clase, qué porte, qué dandy estoy hecho. Aquí yo, sentándome con el savoir-faire de un aristócrata francés.

"Esa pata más atrás, Triskel. ¡La trufa erguida, las orejas tiesas!"

Se me ponen exigentes, los humanos.

Pero ¿y esto? ¿Habéis visto qué pose cuando como un hueso en la cama perruna del macho alfa? ¡Si soy la imagen misma de un cuadro de Caravaggio! (Y estoy aprendiendo de arte, ¿eh? Adiestreitors a mí…) Mirad que claroscuros, qué contornos, qué belleza… “Perro  negro comiendo hueso junto a la ventana”, lo voy a vender en la feria de Arco.

Huesacos a saco

¿Aún seguís creyendo, humanos, que necesito mejores maneras? Bueno, es verdad que a veces duermo con la boca abierta y me crujo como el abuelo de los Simpson. Así, de repente, visto y no visto, me duermo y el placer me pesa sobre la mandíbula. Mas eso no es un defectillo, hombre, eso es un toque decadente, pura poesía.

"No es lo que parece... Solo he bebido un pis de perrita"

Eso es belleza, eso es virilidad. Yo no quiero que la adiestreitor me convierta en un perro de la Casa de la Pradera. Miradme de nuevo y decidme que esto no es un poema perruno.

Sea como sea, la adiestreitor ha llegado, y ha venido para quedarse. No está del todo mal, me dan salchichas y la inteligencia se me multiplica como a un border collie. Yo por lo general me hago un poco el tonto, porque he descubierto que te va mejor en la vida cuando te haces un poco el tonto y así tienes que trabajar menos, pero ese perverso plan se me va a al garete cuando hay salchichas por medio. Mierda, los humanos van a descubrir que en realidad soy el Einstein de los perros. Pero es eso o quedarme sin salchichas. Mmm… ya pensaré cómo engañarles.

Yo intenté convencer a los humanos de que la adiestreitor tenía que firmar por escrito, antes de verme, que si no me enseñaba a dar la patita, les devolvería el dinero, pero no se lo han dicho, los muy cobardes. Si es que no tienen espíritu, no, y luego el tonto soy yo. También les intenté convencer, con mis caídas de ojos y gemiditos, de que tenía que aprender comandos divertidos, como que, cada vez que me digan “Sienta” yo me tiro a morder, o que cuando me digan “Ataca” yo me siento; pero tampoco parecen por la labor, son unos siesos estos humanos, sin el menor sentido de la creatividad. Mirad de nuevo, qué estampa, qué poesía en mi interior.

"Bueno, a lo mejor me bebí un pis de más, sí..."

 

Galletas de ajo para que me crezca un brazo

Posted in Uncategorized on February 8, 2011 by trespatas

Humanos, tengo una teoría. Yo estoy convencido de que si me dieran más pollo me crecería la pierna, pero no hay manera de convencer a los alfa, que el can sagrado les conserve la sabiduría. Qué digo pollo: más comida en general. Más pollo, más frisquis, más paté, más queso, más huesos, más de todo. ¿Cómo esperan así que me crezca la pata? ¿Qué planes ocultos tienen para mí?

A los humanos les rodea la comida, viven en una cornucopia perfecta. La hembra alfa no solo caza comida en bolsas, la hembra alfa hace comida. A veces la comida nace de sus bolsillos, de su riñonera, de su abrigo. Entra en el lugar sagrado de la comida, hace su magia y crecen olores y sabores que nunca creía posibles. El ajo y el queso, por ejemplo. Aparte del aliento matutino (ay, el aliento matutino, cómo me gusta lamerlo de la boca de los amitos, y no ese olor mentolado de después) el ajo y el queso es de las cosas que más me gustan. Juntos mejor que por separado. Nunca lo vi en la naturaleza, pero a mí la naturaleza me la pela: natural o artificial, yo no le hago ascos a nada que huela comestible. Las galletas de ajo y queso son un invento humano de lo más apetitoso y sacan al temible depredador que hay en mí. Os contaré mi técnica.

Depredator: por el poder de mi mirada, galleta, ven a mí

Lo principal es identificar la presa. El olor indicará el lugar.

Aquí huele a ajo. Lo siento en el aire, lo siento en la trufa.

Después, lo más importante es la actitud, la más depredadora y carroñera que logréis adoptar. A la galleta, hay que hacerle como si no nos interesara nada; a los alfa, hay que ponerles ojitos y, acto seguido, desviar la mirada de buen rollo. Es una técnica que la evolución ha depurado y yo he perfeccionado con el paso de los años.

Soy un junco, nada me turba. Soy el perro ninja.

Una vez empleada esa táctica de abatimiento, solo hay que esperar a que la galleta esté madura y el “muy bien” la haga caer en nuestras fauces. Así, sin más. Hemos logrado, por el poder de nuestra mente, convencer a los humanos de que maten para nosotros. ¿Soy fiero o no soy fiero? El otro día me confundieron con un doberman, esto marcha.

Lo único malo de esta técnica es que no produce resultados a gran escala, solo una galleta de vez en cuando, y la relación coste-beneficio está lejos de ser lo que la evolución espera de mí. Pero, descuidad, encontraré las mejores formas de manipulación mental para lograr que los humanos suelten comida más a menudo. Si no, ¿cómo  me va a crecer la pata?

Ya sabéis, humanos, repetid conmigo: menos elogios y más galletas. Este ha de ser vuestro mantra a partir de ahora.

Familia de cojos

Posted in Uncategorized on January 29, 2011 by trespatas

Los humanos son extraños. Es todo cuanto puedo decir de mi corta experiencia con ellos. Además, son envidiosos.

Ayer, la hembra alfa decidió solidarizarse conmigo y quedarse coja. En nuestro paseo por el parque de los arbolitos, la mujer metió el pie en un agujero (¿se puede ser más tonta?) y se torció la pata. De pronto, acudieron en su ayuda otros humanos al ver que se restregaba en el suelo (yo creí que había encontrado unas heces de zorro, pero no) y me acerqué preocupado para ver qué pasaba. Al final se levantó como pudo, pero vi que cojeaba de su pata izquierda. La mía es la derecha.

Qué mala es la envidia.

Cierto es que consiguió traerme a la guarida subiendo y bajando cuestas como una campeona, mientras yo la esperaba con paciencia infinita al ver que iba más coja que yo. No veas cómo miraba todo el mundo al ver a la humana coja y el perro cojo, me reiría si pudiera. Cierto es también que, al llegar, me dio un huesito que había cazado con sus propias manos (¿por qué no me entero yo cuándo cazan estas cosas?, ¿dónde se puede cazar la comida en bolsas?). Yo espero que se cure pronto. Aprecio su gesto solidario, de verdad que sí, pero si lo que pretende es quedarse con mi puesto de omega “solo-tengo-que-preocuparme-de-dormir-y-cagar” en la manada, por ahí sí que no paso. No me importa que nos pasemos los dos el día en el sofá, tirados como alfombras. Es más, he de confesar que me gusta apretujarme contra los humanos, pero yo me las prometía felices con un largo paseo al sol, ahora que por fin ha salido, y vamos a tener que conformarnos con unas largas siestas.

Hale, mami, menos cuento y más traballar!

Poniéndome moreno