¿Guau? ¿Guau guau guau?
¿Humanos? ¿Hay alguien ahí?
En estos meses de ausencia he aprendido un poco a escribir humano, aunque sigo necesitando el conversor automático ladridos-humano. Sé decir más o menos “friskis” (friiiiuskis), parque (paaauuuurrrke), caca (graaaaaorca), pero por lo demás sigo utilizando mi técnica infalible de gemir para todo, que es como el lenguaje de signos de mi raza. Yo no pienso cambiar, que parece que funciona.
Pero no vengo sólo a hablaros de mis habilidades lingüísticas avanzadas, no, sino a contaros que hace mucho tiempo, mucho, no sabría decir cuánto en tiempo de perro (años, siglos, sacos de pienso puestos en fila hasta donde la vista de un galgo no alcanza, seguro) me fui de vacaciones. Ese es otro concepto que he aprendido de la cultura humana: vacaciones (graoourciouniiius). El concepto consiste en que te meten en el invento infernal que rueda más rápido que una manada de galgos y te sueltan donde el Gran Can les dicta. Y eso es muuuucho invento infernal. Yo no entiendo por qué lo llaman vacaciones (graoourciouniiius) cuando resulta que no hay sofás, te pasas el día que si huele esta hierba, huele esta caca, oh cánido mío qué trufas es eso tan grande, y ahora corre, ahora salta, ahora súbete al invento infernal que rueda. De dormir 16 horas diarias pasé a dormir sólo 10, y eso al final el cutis lo nota. ¿Habéis visto que me han salido más canas? Bueno, no lo habéis visto porque no os he puesto mis perrunotipos hace mucho, pero ya veréis ya, qué de canas tengo. Normal. De la vida que me dan. Al principio no es que me gustara mucho aquello, me noté como raro, y, lo más terrorífico es que varias veces salía algo amargo y amarillo de la comida: estaba en el trozo de tortilla, en el trozo de salchicha… ¿Por qué? Sea como fuere, a veces me entraba la modorra y me quedaba agalgunao en el coche y no todo era tan horrible. Pero, ay, esos momentos de tensión de no saber a dónde vas. Eso sí, a mí me da igual que nos quedemos a vivir en el invento infernal que se mueve si mis amitos están conmigo.
Además, en esas vacaciones he visto algo que no creeríais. A ver si me podéis explicar vosotros qué trufas es eso. Es como un charco, pero mucho más grande. Pero no huele a charco. Y el charco, bueno, se mueve. El charco se mueve, adelante y atrás, y como te descuides te moja. ¿Lo entendéis? ¿No? Pues yo tampoco.
El caso es que hace mucho tiempo de perro mis amitos decidieron que era momento de ampliar el territorio y que la manada tenía que viajar unida. En realidad el territorio es de la manada de papi, perdón, del amito (yo solo le llamo papi en la intimidad), que vive en algún sitio llamado Galicia (groooarluciiiau). Eso es… muy lejos. Más allá de eso no hay nada, el fin del mundo de los perros por lo menos. Es un viaje muy peligroso, pero yo soy un pero fiero y valiente y no le temo a nada. Solo a las vacas, los caballos, los charcos que se mueven, el invento infernal, los pastores alemanes y los niños que corren, pero a nada más. Bueno, sí, a las cosas que pinchan y los fuegos artificiales, pero a nada más. El caso es que soy un perro valiente y hermoso que no le tiene miedo a explorar el fin del mundo de los perros y allá que acompañé a mi manada. Eso sí, habría sido todo mucho más fácil si nos hubiéramos llevado el sofá. A mí la vida de nómada no es que me entusiasme, pero un sofá es calidad de nómada. A ver si podéis convencer a los humanos para que la próxima vez nos lo llevemos. Seguro que podemos hacer que lo lleve el invento infernal, que yo he visto que ahí dentro caben muchas cosas. Voy a montar la plataforma de perrulis por la urbanización de la naturaleza.
Otra cosa que me sorprende de las vacaciones es que ellos siempre encuentran comida. Nos levantamos y tienen comida. Se sientan en algún sitio de la calle y les ponen comida. No os lo vais a creer, pero hay veces que estamos aquí en la guarida, suena un ding dong y viene otro humano que trae comida. Pues allí también. Se sientan en un sitio de la calle y les ponen comida. ¿Que cogemos el coche infernal y viajamos más lejos que el pis? No importa, me tienen comida preparada. Y nunca les veo cazar. ¿Cómo lo hacen? Yo no me lo explico. Entran en sitios extraños y salen con comida. Comida todo el rato. Me está entrando hambre sólo de pensarlo…
Pero volvamos a la manada del amito. Allí conocí a una perrita de pueblo estupenda. Cómo son las perritas de pueblo, se las saben todas. Un poco ligeras de patas, también lo digo. Ella me cogía y me decía: ven conmigo, que te voy a enseñar los mejores rincones de aquí. “¿Qué pasa, tienes miedo, perrito de ciudad?”, me decía, y luego me daba un nalgazo con los cuartos traseros. Así juegan las perritas de pueblo. Y a ella no le daba miedo mojarse en los charcos profundos que van y vienen, no, ¡ella se metía de lleno! Vamos a ver, no es que a mí me dieran miedo, esto tengo que aclararlo, es que no me gusta mojarme las patas porque se me pone el pelo feo. Eso es, nada más. El caso es que esta perrita (¿cómo se llamaba…? ¿Penca? ¿Venga? ¿Yenga?) me enseñó los matorrales de la playa y corrió a mi lado arena arriba, arena abajo. Y me enseñó La Furgoneta del Patio con el Saco de Pienso Abierto. En los pueblos sí que saben vivir, no como en la ciudad, los señoritos: que si “Triskele, sit”, “Triskele, quieto”, “muy bien, a comer”. Con tanta norma nos están amanerando, os lo digo yo.
Conocí a otros perros muy machos de pueblo y fuimos juntos a sitios donde también había charcos muy grandes que se movían, pero estos olían distintos. Como menos a pescado y mucho más fríos. Yo soy más de pescado, pero aquellos lugares también tenían su encanto. El mundo, humanos, es un lugar extraño. Los perros machos de pueblo iban y venían, como machos que son: que si a ver si puedo cazar esta gacela, que si a ver si me traigo un oso. A mí me encanta ser omega porque sólo tienes que ponerte panza arriba y abrir un poco las patas y te dejan en paz, libre de responsabilidades. A vivir, perrito, que son dos días (mucho más en tiempo de perro, claro). Pero muy majos esos perrotes de pueblo, muy sanotes.
Ah, y los friskis (friiiiuskis) allí saben mejor.
Yo, a todo esto, no tenía ni idea de qué eran unas vacaciones. Cuando cogimos el invento infernal y aquello empezó a correr, a correr y correr pensé que nos estábamos cambiando de guarida. “Pues bueno”, pensaba, “mientras en la nueva guarida también haya friskis, que sea lo que el Gran Can quiera”. Pero no, volvimos y la guarida estaba como antes. Yo me abracé al sofá con lágrimas en los ojos y mocos en la trufa, qué felicidad volver a vernos.
(Continuará…)


















